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En los años setenta del pasado siglo el cuerpo, los cuerpos, empiezan a hacer su aparición entre los pliegues de una dictadura que, declinando, se cobraría “legalmente” la vida de seis personas. Estudiantes, movimientos obreros y vecinales, mujeres, sexualidades otras … empiezan a recuperar los espacios públicos y hacerse presentes, corpóreos, en la lucha y la resistencia. En el contexto del arte los cuerpos comienzan a aparecer en la España de aquellos años no como imagen y representación sino como corporalidad y presencia a través de las prácticas performativas y el arte de acción, ocupando un lugar de enorme importancia en una escena de vanguardia, que por primera vez en este país empezaba a reconocer a las mujeres. Como señala Maite Garbayo[1] en aquel momento muchas artistas comienzan a explorar las posibilidades del cuerpo para crear nuevas imágenes y nuevas presencias de ellas mismas con “una voluntad de abordar las posibilidades de juego y resistencia que se esconden en el interior de un espacio fuertemente controlado”, entendiendo este espacio como el espacio político, social, cultural y de identidad de las propias mujeres dentro del entramado de control de la dictadura.

Veinte años más tarde, la llegada al mundo profesional del arte de una nueva generación de mujeres, muchas veces de la mano de las y los artistas de la generación anterior a través de su faceta didáctica, coincide con la imposición de la “otra historia” que empieza en la transición a nivel político y continua en los primeros años de los noventa a nivel social y sobre todo cultural construyendo un decorado perfecto para esta nueva etapa política: postmoderno, un poco canalla, intrascendente y sobre todo amnésico. Y en ese marco cerrado y excluyente nosotras construimos un relato otro, basado en la realidad de nuestra experiencia, de lo cotidiano, de lo personal, de lo efímero, de la realidad de nuestros cuerpos y nuestros contextos desde un sentimiento de responsabilidad difusa sobre la necesidad urgente de escribir nuestra propia historia en tiempo real o desaparecer como tantas otras habían desaparecido en diferentes contextos y circunstancias. Es entonces cuando surge una nueva generación de mujeres artistas que crea, escribe, teoriza y activa canales y redes de trabajo auto-organizadas.

En esta exposición se muestran quince piezas de seis artistas de ambas generaciones que van desde finales de los años sesenta hasta 2014. En ellas el cuerpo, la acción y la performatividad están presentes ya sea en su activación, en su concepción o en la propia esencia de la obra y exploran técnicas tan diversas como el vídeo, la fotografía, la instalación o la partitura musical. Todas ellas “ritos de paso” de un permanente cruzar umbrales, de una búsqueda constante del propio lenguaje y su dimensión política implícita.

[1]  Maite Garbayo Maeztu, “Dar presencia al cuerpo: prácticas perfomáticas en el tardofranquismo”. Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas [en linea] 2016, XXXVIII ( ). Disponible en: <http://google.redalyc.org/articulo.oa?id=36945270005> ISSN 0185-1276

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