Ser artista hoy no creo que sea muy distinto a cómo ser artista ayer. Con ayer me refiero a antes de la declaración de la República Independiente de Catalunya, en el supuesto que llegue a declararse finalmente. La política ha invadido todas las esferas y los ciudadanos estamos en la calle en un ejercicio de resistencia. Aunque lamento no haber salido y haber formado parte de una riada humana similar, a fin de evitar las privatizaciones de la sanidad, la economía, la exigencia de la devolución de los rescates estatales a las empresas privadas y a los bancos, y por todas las leyes aprobadas por el Parlament y tumbadas por el TC o por nuevas leyes del Estado Español, que invalidaron a las autonómicas.

Cabe preguntarse si esta salida masiva a reclamar una secesión y república es porque llevamos varios años calentando motores para el gran salto o porque nos lo han pedido nuestros políticos gestores de la independencia, y sucumbimos con obediencia ignorando las consecuencias. El referéndum no autorizado y la acción simbólica de salir a votar el 1 de Octubre fue un acto de rebeldía social. Porque no todos los que votaron por un sí están a favor de una secesión y república. Para muchos su voto expresó el deseo de legitimar a Catalunya como nación, siendo su contexto no España sino el mundo. Y aunque este referéndum de autodeterminación ilegal careció de las garantías legales y además se vio intervenido -muchos colegios electorales fueron asaltados y sus urnas requisadas- por decisión del gobierno central, si que ha servido como prueba de la necesidad que el pueblo catalán tiene de un reconocimiento, que ya solo puede ser expresado en las urnas. Quizás cuando se celebre el Referendum nos llevemos la sorpresa, como el caso de Escocia o de Quebec. En cualquier caso, esta acción ciudadana contenía la esperanza de un futuro libres de un gobierno central corrupto y una monarquía borbónica desasosegante, resultado de la herencia y la imposición de Franco. Romper con España parecía sobrepasar el valor que se le ha otorgado a una constitución marcada por el franquismo, en sus vínculos legislativos, por la ley de pactos y de silencios. Fue decir no a la Ley de Anmistía, con la que quedaron en libertad los criminales del régimen franquista. El ejercicio del voto del 1 de Octubre representó el futuro de un país en una unidad ciudadana inigualable, un modelo de voluntad, unión y de determinación sorprendentes. Fue un ejercicio simbólico social, con una participación activa, social y también estética. Esta acción tuvo un carácter transformador esencial. Una estética de la identidad, donde el imaginario simbólico estuvo representado en el acontecimiento como una forma de arte. En este sentido podríamos considerar que el voto del 1 de Octubre fue una gran performance colectiva.

Me gusta pensar que hemos invadido la calle porque previamente hemos asaltado las bibliotecas para comprender por nosotros mismos el problema, decidiendo de este modo que la historia ha de comportarse como una gran barricada contra la cerril insistencia del no. La estética del no de España también puede verse como la estética cruel de los vencedores frente a los vencidos, al erigir y no demoler sus propios monumentos como el Valle de los Caídos. El discurso del rey, sin palabras para los heridos, después de la brutal represión de las fuerzas del Estado, ha desempolvado la vieja estética representada por las imágenes en la que la mano de Franco cogía al niño que jugaba en el pazo de Meirás con sus hermanas, y que hoy es Rey de España. Esa estética desfila con los colores verdes de camuflaje, verdes militares y colores para la muerte cruel de hombres y mujeres desaparecidos, jamás identificados. Ni amarillos ni rojos. La nueva estética para una república real no puede contener el rojo para ser pisado a paso marcial. Ni rojos de dolor, ni de sangre ni de miedo. El rojo es el color de la alfombra real por la que desfilan los que debieron dimitir y abdicar.

La estética, desde la perspectiva de la resistencia busca dinámicas globales e interrelaciones comerciales, más allá de localismos, se enfrenta a una estética antisistema inserta en la propia institución del Estado y que es la encargada de reprimir los movimientos de ciudadanos y disidentes. La estética del antisistema se disfraza para permitir la corrupción y la desintegración del estado del bienestar permitiendo una brecha social infranqueable. El arte no comunica más allá de su propia repetición, la belleza de sus trazos se ha vuelto anodina porque ni pregunta ni molesta. Frente a ello solo cabe la resistencia y la resilencia. Pero la estética de la resistencia también tiene que sobrellevar los términos de desencaje de la UE con Catalunya y con España. El arte asalta la política y la política solo puede ser su medio de representación. En estos tiempos globales el interés por mantener las fronteras va unido a no fragilizar la economía, en este caso la española. Y en este marco, evitar que otros países como Italia o Bélgica se contagien de la fiebre de la independencia y terminen con hacer inmanejable la cohesión europea. Sería un buen momento para la estética de la entropía. Arte y política, pero no desde la ya vista estética acumulativa documental, sino como una corriente de signos viva en permanente reestructuración.

Esta batalla estética se enmarca dentro de una lucha global, feminista. Una batalla de mayor calado, que se extiende de una forma natural y existencialista porque la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres trasciende el mundo del arte, y persiste en todas las esferas en su fijación obscena de exhibición de músculo neardental. De modo que, puestos a las aspiraciones futuras de la república, pensaré en la recuperación de políticas de la igualdad, que se llevaron al Parlament y que el TC tumbó en su día. De algún modo la república abrazaría otras muchas preocupaciones globales: maltrato animal, contaminación y calentamiento global, sobreexplotación de los recursos del planeta o utilización de la información, super algoritmos y big data, para el control de la población a escala mundial. A los artistas nos toca reflexionar, buscar nuevos medios y canales que se adecuen a las nuevas estéticas, que sin duda se están desarrollando pero que los tradicionales esquemas de mercado, objeto – venta, no invitan a una fácil dinamización. En un nuevo ámbito la gestión y las nuevas formas de mercado se tendrían que acomodar a los nuevos sistemas de comunicación y recuperación de lo social.

La nueva estética llevaría aparejada la ausencia del concepto patria y para ser realmente moderna eliminaría el objeto físico bandera. En esto consistiría una nueva estética: redibujar en blanco sobre blanco. Y, de alguna manera, es también lo que se le reclamaría a un nuevo Estado: una página en blanco. El blanco para romper la identidad nacional, soberanista o nacionalista. El blanco como un color global, que abrace a todos por igual. La republica independiente catalana no sería un experimento político dentro del escenario global europeo, sino un nuevo proyecto de convivencia con futuro internacional. En esta actual situación las tendencias estéticas llevan un tiempo generándose, solo falta consolidar el impulso y el esfuerzo, su representación y valoración. Este contexto es el que está cambiando al arte. La estética de la paz es un modelo, una estética social y global, tal y como ya esta sucediendo, aunque por su inmediatez y cercanía nos cueste verlo.

Las fotografías corresponden a las series:
Manifestaciones para una República y Naixement de la República
Barcelona, 2017

© Fotografías y texto, Ana DMatos , 2017

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