El Colectivo Inmoderatus presenta su exposición Y estoy sin jugar jugando

“Y estoy sin jugar jugando»

Inmoderadamente, así el juego debe operar sobre nosotras para, en teoría, liberarnos de toda opresión. En el juego los roles sociales pueden alterarse, tergiversarse, frivolizarse, camuflarse, reafirmarse… en principio, todo debe ser posible en un juego para ser bueno.

Pero el juego, por bueno que sea, no deja de ser un espacio normativizado que, inspirado en los constructos sociales que configuran la “realidad”, replican las mismas injusticias, desigualdades y defectos que el ser social que lo inventa. Quizá por ello, a veces, sentimos la necesidad de hacer trampas para escapar del control y las normas que el juego impone, en tanto jugamos según sus reglas o se rompe la baraja.

Algo nada baladí, si pensamos que aprendemos jugando desde que nacemos. En este sentido, la primera norma del juego suele ser, como digo, imitar “lo real”. Eso sí, en el espacio lúdico, toda crueldad parece inocua. Así los niños juegan a la guerra sin entender la gravedad que implica la acción de matar a otro ser humano; las niñas juegan a las cocinas sin entender que muchas de ellas no saldrán de una en toda su vida.

Y es que, pocos juegos hay en los que realmente nos juguemos la vida, aunque son muchos en los que, sucintamente, nuestra vida, la vida buena, ya comienza a estar en juego.

Nos dicen que la vida no es un juego y por ello, es necesario dejar de jugar una vez cumplida su función adoctrinadora. Seguir jugando después de la infancia se entiende como una pérdida de tiempo, cuando no un acto de rebeldía irresponsable.

Con Y estoy sin jugar jugando el colectivo Inmoderatus (Tonia Trujillo, Kae Newcomb, Elisa Torreira e Isabel Cuadrado) sacan la tradicional partida de cartas de las sobremesas de los hombres en los bares (espacio implícitamente vetado a las mujeres, más “entretenidas” en fregar los platos o cuidar de los hijos) y la traen al espacio público para configurar una acción que, como toda buena performance, es juego y no, en tanto va más allá de lo simbólico aboliendo toda representación para conseguir alterar la realidad generando una situación nueva.

Una acción que libera al corro de mujeres de sus quehaceres (coser, lavar la ropa, partir almendras, etc…) para reunirlas en torno al juego. Ese hacer sin hacer nada, por pura diversión, que rompe con la abnegada condición (sobre todo en las mujeres precarias) de atender todo el tiempo a las obligaciones.

En definitiva, Y estoy sin jugar jugando, pone sobre el tapete las distintas dominaciones (de género, de clase, etc…) que, en este caso, el juego de cartas de la baraja española reproduce, amplifica y normaliza. Y derriba con ello el castillo de naipes moral, sustentado por el estado y la iglesia, del heteropatriarcado para reapropiarse de la baraja y, desde el arte, jugar sin jugar, pero divirtiéndose: quizás el mayor acto de empoderamiento que las mujeres puedan hacer en estos tiempos en los que, como siempre, se lo tienen que jugar todo, hasta la vida, para ser libres», DAVID TRASHUMANTE

Del 4 de noviembre de 2021 al 31 de enero de 2022 
En Castillo de Santa Catalina (Cádiz)

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