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Diana Coca presenta su peculiar visión del retrato en el siglo XXI a través de la figura en movimiento y la fragmentación, utiliza el autoretrato como soporte para provocar esa violencia contenida del contraste multiplicador entre el ruido de los espacios urbanos, con la naturaleza pura y no violada por el ser humano.

El cuerpo no aparece nunca por completo, sino más bien por partes o hecho astillas, dotando de subjetividad al propio autoretrato. Se quiere, de alguna manera, insertar nuestras mutilaciones posmodernas y sensoriales (el cuerpo ya sin órganos de Deleuze y Guattari) en un origen vegetal
liberador.

En Occidente la representación del cuerpo humano siempre ha tenido un papel central en la creación artística. Sin embargo la moral que domina esta parte del mundo, a través de una mala interpretación del cristianismo, nos ha impuesto un modo de observación (o alejamiento) tanto del propio cuerpo como de las experiencias primarias del individuo.

Con este proyecto la artista plantea cuestiones acerca de la supuesta moralidad y los tabúes en torno al cuerpo: plantear nuestra relación con él y las convenciones que han ido surgiendo alrededor del mismo, adquiridas y, a veces, violentamente impuestas.

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